Eran las cuatro y las clases habían transcurrido con rapidez. Ya no se sentía mal, simplemente no podía sentir nada. Miraba pensativa hacía su antiguo grupo, sonreía sin ni si quiera advertirlo mientras en sus labios dejaba sujetar un cigarrillo. Se lo encendió y le dio una larga calada. Hoy por lo visto habían quedado para comer. Suspiró y miró la hora. Cuatro y cinco. ¿Qué hacía? Se hacía daño a si misma, eso era lo que hacía. No le convenía volver al pasado, no ahora. Esa chica, Jennifer, ya no era el ángel que todos admiraban. Era simplemente una rubia más, algo tonta, pues había dejado marchar a sus amigos de toda la vida. Una subnormal profunda. Suspiró y dio otra calada al cigarro. Miraba al frente y veía a An, a Paula y a todos los demás. Sonreían, reían. Se fijó en la nueva chica. Sí, Celia, creía que se llamaba. ¿Cuánto pasaría allí? Lo dudaba, pero no le importaba. Se levantó y emprendió camino hacía un parquecito cercano de allí, no quería seguir viendo esa escena.
En ese mismo momento, en otro lugar.
Ya no podía más. Sentía un nudo en el estómago. Reía y asentía con la cabeza. Falsas sonrisas. Otra más. Y otra. ¿Qué estaba haciendo? No quise saber nada más. Me alejé del grupo con lentitud con la excusa de que me encontraba mal. Me despedí de ellos y salí en busca del siguiente autobús que me conduciría a mi casa. Suspiré desganada. Nadie sabía el dolor que sentía ahora mismo, pero no era físico, era emocional. ¿Por qué su cambio repentino? Pensé que era el comienzo de algo, el comienzo de algo muy bonito. Algo que duraría. Duraría muchísimo. Comencé a tararear ``Everytime we touch´´ de cascada, que sonaba ahora en mis cascos, volví a suspirar, esta vez fue un suspiro de cansancio, pasé la canción rápidamente, me traía malos recuerdos. Seguí pasando canción tras canción hasta que paré en ``Yellow´´ de Coldplay. Me la sabía de memoria y la tararee también. Escuche risas y giré la cara suavemente, suponiendo que iban dirigidas a mi y así era. Un chico me observaba mientras sonreía. No se burlaba de mi. Solo le hacía gracia. Le devolví la sonrisa y desvié mi mirada hacía la ventanilla. No podía pensar ahora en chicos. No ahora que del chico del que estaba enamorada me había dejado de hablar. Miré de nuevo al chico de reojo y no pude evitar sonreír al ver que me seguía observando. Giré mi cabeza hacía él, quien se sorprendió, miré al suelo y sonreí, le volví a mirar y esta vez mostré una de mis sonrisas más dulces. Una de mis tácticas. Me ajusté los cascos y pasé a ``Cry´´ de Rihanna. Miré por la ventanilla de nuevo y me fijé en que, esa era mi parada. Me levanté del asiento, guardando el iPod en el bolsillo de mi pantalón, notando movimiento detrás mía, sin darle importancia. Me giré y cogí mi bolso, salí del autobús y me dirigí hacía mi casa, no sin antes echarle un último vistazo al autobús y a el pasajero que llevaba dentro. El de la sonrisa preciosa.
15 minutos antes, en el autobús.
Se fijó en la chica que viajaba a su derecha, un par de asientos hacía delante y sonrió, apenas iban personas en el autobús. Adelantó un asiento para poder verla mejor y ahora, sonreía más. Era muy guapa. Rió sin poder evitarlo al escucharla tararear una de sus canciones preferidas. A lo mejor, demasiado puesto que ella le miró extrañada pero después sonrió. Suspiró aliviado. Menos mal, se pensaba que ya la había cagado. La siguió observando, embobado cuando ella se dio la vuelta para mirarle de frente. El corazón se la paró, pero aún así sonrió. No sabía si apartar la mirada hasta que la observó. Era tan... especial. Esa vez si que se quedó embobado y no pudo apartar la mirada de ella. Cuando vio que empezaba a recoger sus cosas, con rapidez sacó su libreta, que llevaba en su mochila. Rompió rápidamente un trozo de papel y escribió su móvil, acompañado de una frase que había escuchado en una película. Escribió con rapidez por lo que la letra le salió bastante torcida pero le dio igual. Metió con cuidado el trozo de papel en el bolso de ella (Que con suerte) estaba abierto y se volvió a sentar en su asiento, no sin antes dedicarle una sonrisa al ver como se bajaba del autobús. Era increíble. Pero mucho. Era la chica perfecta sobre la que escribiría en su libro. Ya lo creía que lo era.
***
Suspiré y miré mi móvil. Ninguna llamada nueva. Empecé a pensar que ya no tenía nada que hacer, ya no serviría de nada luchar por algo que apenas existía, que nunca existió y, que, seguramente nunca existirá. Giré la esquina y miré mi casa de lejos. Había algo raro en la puerta. Enarqué ambas cejas extrañada y me acerqué a toda prisa. Se me paralizó el corazón cuando vi lo que había. Un ramo de rosas. Enorme. Perfectamente colocado con una rosa blanca en el centro, rodeada de tantas rojas. Lo cogí. Pesaba bastante y, justo la rosa blanca, había una tarjeta. Entré corriendo en casa y miré a mi alrededor. Mi madre no estaba, que novedad. Suspiré y cerré la puerta con el pie, subiendo corriendo a mi habitación. Cerré la puerta y puse las rojas en el escritorio, cogiendo una y oliéndola mientras leía la tarjeta.
<< Eres como la rosa blanca. Única entre un montón que son iguales. Única e inigualable. Te ama :
Berto.
PD: Esto solo es una parte de tu recompensa. >>
No pude evitar sonreír y que mis ojos se empañaran de lagrimas. Lagrimas de emoción y de felicidad. Metí la mano en mi bolso con rapidez y saqué mi móvil, cayendo un papel al suelo. Enarqué una ceja extrañada y recogí el papel que yacía en el suelo. Lo observé, lo habían escrito con rapidez y apenas se entendía nada. Que de sorpresas en tan solo unos minutos. Empecé a leer con lentitud.
<< Solo tú haces que mi corazón vaya más lento y más rápido a la vez >>
La frase iba acompañada de un número de teléfono, un móvil y firmaba: El chico del autobús.
Me quedé totalmente blanca, no sabía que hacer ni que decir. Guardé el número en mis contactos pero no lo llamé. ¿A que venía eso? Pensé en el chico del autobús. No sabía ni su nombre, era guapo. Rubio de ojos miel. Se parecía bastante a Damian. Suspiré y negué con la cabeza. No quería ningún chico. Quería a el que me había enviado las rosas, el que se había preocupado por mi, por todo. El que había estado ahí en todos los momentos posibles. Pero ahora estaba él, el chico sin nombre que se había metido en su corazoncito con una simple sonrisa que la derretía. Era simple atracción, lo sabía. Pero podrían llegar a ser muy amigos quien sabe. Cogí el móvil y envié un par de SMS. Uno para Berto y otro para el chico misterioso. Sonreí y me tiré en la cama, aún con la rosa en la mano, pensando en él. Como no. Lo que no sabía era que dentro de poco a lo mejor los sentimientos empezarían a cambiar, dando un vuelco a su corazón.
En ese misma ciudad. Hotel River.
Cuando se enteró de lo del padre de An no quiso molestar en su casa, por lo que alquiló una habitación en el hotel más cercano a esta. Pasaban mucho tiempo juntas, pero, nunca solas. No le había podido contar nada y viceversa. Sonreía ahora mientras miraba el precioso rostro de Álex, ese chico que le había robado el corazón y ahora yacía al lado de ella, en la cama, tan solo llevaba las sabanas por encima y no pudo evitar sentir un estremecimiento. Estaba dormido. Se tumbó echando el edredón sobre los dos. Se estaba enamorando poco a poco de él, cada detalle.. cada.. sonrisa, cada gesto. Le hacía sentir un mundo distinto, un mundo que no era el de ella. Le amaba y apenas llevaba 48 horas con él. Debía de contarle a An sus encuentros con el hermano de su ``novio´´ cuanto antes. No quería que se enterara por otra que no fuera ella, se enfadaría. No pudo hacer más que sonreír y prometerse a si misma que mañana se lo contaría en el instituto. Miró el rostro perfecto de Alex y se inclinó hasta besar los labios de este despacio, mientras él dormía plácidamente. Volvió a su posición y, de cara a él cerró los ojos con suavidad para después sumirse en un sueño perfecto. En él aparecía Alex, claro está. La pregunta que no se dejaba de hacer era... ¿Él la querría realmente?
Paula sonreía mientras entrelazaba su mano con la de su novio, Pablo. No podía creer que aún siguieran juntos. Era todo demasiado perfecto para ser real. Miró a Pablo y se acercó lentamente a sus labios para después besarlos con suavidad, tirando del labio inferior de este con la misma delicadeza de antes.
- Te amo .-Susurró, en voz baja.
- Y yo a ti .-Respondió él, en un mismo susurro.
Pablo pensaba con rapidez. Tenía que conseguir el dinero pero se estaba enamorando de esa chica alocada, preciosa y graciosa de Paula. Se estaba enamorando, le quitaba cada pedacito de corazón, pero debía hacerlo. Era él o ella. Eligiría a ella, pero su familia necesitaba comer, tener un buen sitio donde vivir. Su imagen de niño rico era solo una apariencia. Debía convencerla y así lo hizo. Hizo unas señas a un tipo del fondo, quien, rapidamente hizo otras a lo de la esquina. Se excusó y fue hacía el cuarto de baño del bar en el que estaban. Estaba decidido.
Una hora después, en un lugar de Madrid.
Berto miraba ansioso su móvil por si sonaba alguna novedad, algún mensaje. Lo encendió con bastante impaciencia mientras sonreía al ver en la pantalla un icono que indicaba que tenía un nuevo mensaje. Lo abrió. De An, como no. Esa chica le estaba siendo realmente romántica. Le encantaba la manera que tenía de expresarse, le enamoraba su personalidad. Sabía que ella le quería y, para que mentir, lo usaba a su favor. Pero, quisiese o no, se estaba enamorando poco a poco de ella. Él no se podía enamorar de nadie. Sufriría. Intentó sacar el sentimiento de la cabeza durante los próximos 30 minutos. ¿Lo único que consiguió? Pensar más en ella, amarla más. Y eso, no ayudaba.
Minutos antes, en el bar.
Paula miraba ansiosa hacía la puerta del baño. ¿Cuánto se iba a llevar allí? Ya había pasado casi media hora, se había dado cuenta por el reloj de la pared, perdía la noción del tiempo poco a poco. Se encontraba mal. Tenía ganas de vomitar. Levantándose del asiento, corrió hacía los servicios, abriendo la puerta con torpeza, tropezándose un par de veces debido a la altura de sus tacones. Se había puesto más alta que nunca. Terminó. Aún se sentía bastante mal. Se limpió la boca y se enjuagó la cara con agua fría, le daba igual que se maquillaje se hubiera corrido. Algo la sujetó por detrás.
- ¿Pero qué...? .-Exclamó, intentando zafarse de los brazos del chico hasta que reconoció una cosa. Una cosa que le podía cambiar la vida. Algo que nunca se hubiera imaginado. Algo que la cambiaría para siempre, que haría que no volviera a confiar en nadie más. Pero eso ella no lo sabía. Lo único que sabía es que se quedaba inconsciente. Cerró los ojos, perdiendo el conocimiento. Pero habría algo que Paula nunca olvidaría. Ese brazo sujetándola. Esa muñeca. Esa muñeca que poseía la pulsera que le acababa de regalar. Esa fue su última vista antes de sumirse en un profundo sueño.
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